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Las parábolas del Reino


D. Pascual Chávez
 
 
En el evangelio, después de presentar varias parábolas de Jesús, san Marcos sintetiza: “les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado” (Mc 4, 33-35). Esta afirmación, corroborada por todos los demás evangelistas, constituye históricamente uno de los rasgos más seguros de la vida y predicación de Jesús.
 
     
 

Sin poder detenernos a profundizar en su contenido (ya me he referido a varias de ellas, en los artículos de este año), quisiera presentar, algunas de sus características principales. Ante todo, este lenguaje parabólico subraya lo concreto de su expresión, la cercanía con la vida real y cotidiana de sus oyentes, aun de los más humildes e ignorantes: una mujer que pierde una moneda y la busca por todos los rincones hasta encontrarla, y hace fiesta por ello; un pastor al que se le extravía una oveja, un sembrador que esparce la semilla en diversos tipos de terreno, un pescador que separa los peces buenos de los inservibles, un padre que ama a sus hijos y se preocupa y sufre por ellos...

Jesús habla en parábolas
Este uso de imágenes y relatos sirve para comunicar la Buena Nueva de una manera más clara e incisiva que lo haría una exposición conceptual, sobre todo cuando el auditorio es sencillo y popular. ¡Cuántas veces nosotros mismos recordamos, de una conferencia u homilía, más que las ideas expuestas, el ejemplo o la anécdota relatada! Lo importante es que dicho relato remita al contenido que se quiere transmitir. En este sentido, el lenguaje de Jesús es muy “actual”. Es universalmente reconocido que en nuestra cultura, se aprende más con las imágenes (visuales o narrativas) que con la lectura “teórica” o la audición conceptual. Por otra parte, este lenguaje narrativo y parabólico no sólo enriquece el cerebro con ideas, sino que estimula también el “corazón”, la afectividad y los sentimientos.
Sin embargo, a diferencia de lo que muchas veces sucede en esta “civilización de la imagen”, Jesús no le ahorra al oyente la necesidad de reflexionar y de buscar el sentido del relato. Es indudable, a partir de los textos evangélicos, que Jesús invitaba a sus oyentes a esforzarse por comprender el sentido de la parábola, al grado que sus mismos discípulos le rogaban que se las explicara.
Hay que añadir otro rasgo importante en el que Jesús va más allá de la simple comunicación de un relato: evitando el peligro de quedarse en una escucha “pasiva” de la parábola, invita a dejarse cuestionar por la palabra recibida, en vistas a la conversión. ¡Cuántas veces sucede, por ejemplo, que nos emocionamos y preocupamos excesivamente por lo que continuará en la telenovela favorita, y no nos preocupamos por lo que sucede a nuestro alrededor, a veces en nuestra misma casa y familia!
En la Sagrada Escritura encontramos ejemplos de este peligro: el mismo rey David, al escuchar un relato del profeta Natán, se indigna y encoleriza, sin darse cuenta de que el profeta le está presentando, parabólicamente, su misma actitud y su pecado. Cuántas veces nos hace falta que alguien nos diga, como al rey David: “¡Tú eres ese hombre, tú eres esa mujer!”. En el evangelio de san Lucas, el fariseo Simón juzga correctamente en un relato de Jesús acerca de dos deudores, sin darse cuenta que se está colocando él mismo “la soga al cuello” (Lc 7, 36-50). Somos muy buenos para juzgar a los demás, pero no para profundizar en nuestra propia situación.

Las parábolas, quintaesencia del mensaje de Jesús
La conversión, a la que lleva la predicación de Jesús, implica, antes que cambiar nuestros actos o hábitos, un cambio de mentalidad. Pensemos, por ejemplo, en el dueño de la viña al pagar igualmente un denario a todos sus trabajadores (Mt 20, 1-16), o el comportamiento del administrador infiel (Lc 16, 1-8), o la conclusión frente a las actitudes del fariseo y del publicano (Lc 18, 9-14), y especialmente la hermosísima figura del padre bondadoso frente a sus dos hijos. Si estas parábolas no suscitan en nosotros una reacción de extrañeza y hasta de incomodidad, es porque quizá nos hemos acostumbrado demasiado a ellas.
Hay escritores que, para determinar el final de sus novelas, elaboran diversas posibilidades; dando incluso al lector la posibilidad de “escoger” dicha conclusión. A primera vista, parecería que Jesús hace algo semejante. En realidad, hay una razón muy diversa: algunas parábolas de Jesús quedan “abiertas”, porque apelan a la libertad humana: concretamente, a la conversión. En la que es quizá la más conocida y conmovedora, la del padre bondadoso y sus dos hijos, no sabemos si el hijo mayor al final entra en casa y participa de la fiesta, puesto que quienes se parecen a él, que son precisamente los oyentes de Jesús, están siendo invitados por Él a aceptar, con alegría filial, el amor y el perdón de Dios para con los pecadores. Algo semejante sucede en la del buen samaritano (Lc 10, 29-37): ante una respuesta teóricamente “correcta” de parte del doctor de la Ley, Jesús le invita a ponerla en práctica: “Ve, y haz tú lo mismo”.
Las parábolas de Jesús constituyen la quintaesencia de su mensaje, centrado en el maravilloso amor y misericordia del Padre (Abbá) para con todos sus hijos e hijas; y la invitación, urgente por la inminencia del Reino, a la conversión y aceptación de este amor gratuito y salvador. Todo ello, presentado en la forma excepcionalmente rica y eficaz del ejemplo y la parábola.
Nuestro santo padre Don Bosco ha comprendido perfectamente este rasgo típico de la revelación de Dios, en especial en la predicación de Jesús. En la educación de sus muchachos, más que elaborar amplios tratados conceptuales y abstractos sobre la vida cristiana, las virtudes, etc., presenta ejemplos, tomados de la Sagrada Escritura, o de los acontecimientos de la historia, o incluso inventando relatos y parábolas. En particular, al invitar a los jóvenes del Oratorio a vivir y crecer en el amor a Dios y al prójimo, que constituye la auténtica santidad, no elabora tratados ascéticos o místicos, sino que presenta modelos de vida: me refiero a las vidas de muchachos ejemplares que encarnan este camino de santidad. Pensemos en santo Domingo Savio, Miguel Magone, Francisco Besucco..