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  Por un desarrollo integral y solidario
 

Apenas elegido Papa, Pablo VI asume como tarea primordial de su pontificado la ingente empresa de la puesta en práctica del concilio Vaticano II. La encíclica Populorum progressio (1967) es expresión de esta firme voluntad. Ante un mundo dividido, marcado por profundas desigualdades sociales, quiere ofrecer “un programa social de equilibrio económico, de dignidad moral, de colaboración universal entre todas las naciones”.
El Papa presta su voz a los millones de seres humanos que viven en la pobreza, al mismo tiempo que quiere aguijonear la conciencia de cuantos viven en el bienestar y la opulencia, de los pueblos “que celebran cada día esplendidos banquetes”, mientras tantos Lázaros hambrientos yacen junto a sus palacios.
El documento va dirigido a la humanidad entera. A todos quiere sensibilizar ante un problema gravísimo y concreto; y a todos quiere convencer de la urgencia de una acción solidaria. Acción, urgencia, solidaridad, son las tres grandes coordenadas de la encíclica, presentes tanto al tratar del desarrollo integral de cada ser humano como del desarrollo solidario.

Visión cristiana del desarrollo
Populorum progressio ofrece, ante todo, una visión ética y cristiana del desarrollo. Es el presupuesto indispensable para orientar la acción solidaria.
La encíclica inserta la concepción cristiana del desarrollo en una antropología dinámica; es decir, en una visión global de la persona, concebida como una vocación de Dios que la invita a caminar hacia su propio progreso. La vocación humana es vocación al desarrollo. Todos los hombres tienen desde el nacimiento "un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar". El desarrollo comporta un deber personal y comunitario y debe tender a una condición más humana.
Al explicar su contenido, Pablo VI destaca que “el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico”; no se puede medir simplemente en términos de crecimiento de la renta nacional o de la renta per capita. Para ser auténtico, debe ser integral; es decir, debe promover a todo el hombre y a todos los hombres. Abarca, pues, todas las dimensiones de la persona y no se limita a la satisfacción de las necesidades materiales. Por eso, no es su fin último, ni para las personas ni para los pueblos, el tener más; lo verdaderamente importante es aspirar a ser más. El verdadero desarrollo es “el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas”.

El desarrollo exige transformaciones audaces
A partir de esta concepción integral presenta, de manera realista y valiente, un conjunto de acciones que hay que emprender. Se refieren a la industrialización, al trabajo y la propiedad, a un amplio programa de reforma social y a la promoción espiritual.
Según el Papa, la industrialización es, al mismo tiempo, señal y factor del desarrollo. Por medio del trabajo el hombre coopera con el Creador en la perfección de la creación, aunque puede convertirse también en factor de deshumanización. Por ello es necesario restituir al trabajador su dignidad. Sobre la propiedad privada declara que "no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto". De modo que si "se llegase a un conflicto entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias primordiales, toca a los poderes públicos procurar una solución, con la activa participación de las personas y de los grupos sociales". Así, "el bien común exige algunas veces la expropiación si por el hecho de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de la miseria que de ello resulta a la población... algunas posesiones sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva".
Reprueba expresamente el capitalismo. Pide que se afronte valerosamente la situación presente para vencer las injusticias. Planificación, alfabetización, demografía, familia, organizaciones profesionales, promoción cultural, superación de la tentación materialista, son algunos de los aspectos a los que se refiere la encíclica entre las reformas que se deben emprender para llegar a un desarrollo verdaderamente integral.

El desarrollo, nuevo nombre de la paz
Para Pablo VI, "el desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad". Ninguna sociedad está capacitada para llevar adelante un desarrollo autónomo. Es necesaria una organización adecuada de los esfuerzos. "Sólo una colaboración mundial, de la cual un fondo común sería al mismo tiempo símbolo e instrumento, permitiría superar las rivalidades estériles y suscitar un diálogo pacífico entre todos los pueblos". Nacionalismo y racismo constituyen los grandes obstáculos que hay que superar.
La encíclica desarrolla una propuesta clara de reformas estructurales. Y hace una llamada enérgica a la conciencia de los individuos para instaurar una caridad universal, porque el mal mayor del mundo moderno reside "en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos". Por ello insiste en el deber de la hospitalidad, sobre todo hacia los trabajadores emigrantes, y en la exigencia de que los expertos enviados a los países subdesarrollados estén animados, además de por la competencia técnica, por un amor desinteresado y por la intención de instaurar un auténtico diálogo.
Termina el Papa con una llamada a todos los creyentes y hombres de buena voluntad, para asumir las propias responsabilidades de cara a un mundo mejor, conscientes de que "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz".

Eugenio Alburquerque Frutos