Portada
Saludo
Rector Mayor
Palabras al oído
Centenario de Don Rua
En la Iglesia
En familia
Tema del mes
Noticias mundo salesiano
Misiones Salesianas
Cosas de Don Bosco
Carta a los jóvenes
Retos éticos
Padres/ Hijos
Ventana abierta
En primer plano
Nuestro tiempo
Familia agradecida
Equipo | Archivo | Zona restringida | Mail  
 
Padres/ Hijos
  
 
  Aprender a validar y aprobar a los hijos
 

Tema importante éste, y para el cual no es suficiente con el amor incondicional que profesan los padres y madres hacia sus hijos. No basta con sentir amor por los hijos, hay que saber expresarlo, comunicarlo y que ellos lo perciban como tal, de manera que les haga sentirse validados, aprobados, aceptados, queridos, deseados, por ser quienes son, es decir, porque son hijos y nada más.
Esto que se lee tan fácilmente y que se entiende aún más rápido, constituye, en muchas ocasiones, un problema para muchos padres/madres que, aun sintiendo un gran amor por sus hijos, no saben o no encuentran la manera de hacérselo llegar y que ellos lo reciban a grandes dosis.
De entre todas las necesidades básicas que todo niño posee, existe una que es muy importante para su desarrollo psico-emocional y el de su personalidad; se trata de la necesidad de sentirse importante y significativo para sus padres, que viene a ser parejo con la necesidad de sentirse querido por ser quien es. Todo niño necesita percibir que él y su vida, le importan a sus padres. Y si no logra importarles por sus cualidades y conductas positivas, lo intentará por las negativas. Por eso, una de las tareas importantes de ser padres será la de aprender cómo hacer sentir a su hijo que es importante para ellos. Esto no se consigue solamente a través de validaciones positivas, en muchas ocasiones los límites y las normas son interpretados por los menores como indicativos de que importa su vida y lo que hace. No obstante, voy a centrarme en las validaciones positivas que los padres pueden proferir a los hijos.
Cuando Jodie Foster recibió en 1989 el Oscar a la Mejor Actriz, dio las gracias a su madre por haberle dicho que: “Todos sus garabatos eran Picasos y que no había nada de lo que asustarse”. Aquellas palabras que le dijeron de pequeña, le dieron una confianza y una fe en sí misma que se tradujo en dos Oscars. Muchos hemos oído el refrán: “A palabras necias, oídos sordos.” Pero es falso. Las palabras no solo hieren, sino que provocan heridas que podemos tardar en curar toda la vida. Por desgracia, los niños no tienen desarrollada la capacidad para filtrar la información que entra en su cerebro. Ellos no pueden decir: “Acepto este cumplido pero rechazo aquella crítica”.
Un niño considera a sus padres como las personas que lo saben todo y cuyas palabras son verdaderas e indiscutibles. Si sus padres le critican, o le cuestionan, o le descalifican, o dudan de su valía de manera frecuente y repetida, acaban creyendo el discurso de los padres sobre ellos. Por eso es fundamental, para la salud mental de los niños, el ser aceptados por sus progenitores tal y como son. Al contrario, la herida más grande que puede recibir un niño es el no ser amado por la persona que es. Ninguna cantidad de “hacer” podrá compensar una herida del ser.
Cuando los niños se crían en un ambiente de aceptación y cariño, aprenden a expresar una gran variedad de emociones y sentimientos de todo tipo, desde el amor y la ternura hasta la rabia, miedo, y tristeza incluidos. Sin embargo, muy a menudo, estos sentimientos son reprimidos o avergonzados por las personas adultas a las que avergonzaron o negaron sus propios sentimientos cuando eran niños. De ahí la importancia que los adultos aprendamos a reconocer, expresar y canalizar nuestros sentimientos y emociones de un modo saludable.
Un padre amante que deja siempre de lado sus propias necesidades para atender a las de su hijo, puede llegar a crear resentimiento que se expresa con lenguaje no verbal y corporal. Vivir con sacrificio no es lo mismo que vivir con amor. Un padre vigilante que guía y dirige todos los pasos de su hijo transmite a éste la idea de que el mundo está lleno de peligros que el niño no puede afrontar. La sobreprotección equivale más a decir “eres incompetente” que a decir “eres digno de amor”.
El tiempo que compartimos con los hijos y cómo lo utilizamos es determinante en su educación. Es sabido que es la calidad y no la cantidad del tiempo que se invierte con los hijos lo que cuenta para que puedan sentirse amados. Por ejemplo: el señor H. emplea muchas horas diarias en acompañar a sus hijos en la realización de pequeñas tareas y en jugar con ellos. Pero se oye un flujo constante de comentarios, por parte del señor H., como los siguientes:
“Deja de perder el tiempo Juanito; es tu turno. ¡Juega de una vez!”. “No empuñas esa sierra como es debido”, “¿Cuántas veces te he dicho que la cogieras así?”, “¿Por qué le pegas mal a la pelota?”, “¿Cuando vas a aprender a golpearla con el empeine?”. ¡Volviste a manchar la témpera. Déjame hacerlo a mí. Y por Dios, esta vez, fíjate cómo lo hago! ¡Si vas hacer algo, hazlo bien! Las horas que dedica a sus hijos están llenas de críticas, faltas de respecto, comparaciones y grandes exigencias. Cuanto más tiempo pasan los niños con él, menos aptos y dignos de que los quieran se sienten. La mera compañía no siempre implica un aporte de amor.
No se trata de acertar en todo lo que decimos y en cómo lo decimos, pero como regla general sería importante que pudiéramos equilibrar la balanza entre las validaciones positivas y las censuras que hacemos a nuestros hijos.
No deje de decir a sus hijos lo que siente por ellos, tanto en los momentos más complicados como en los más felices. Ello les proporcionará la posibilidad de sentirse queridos, respetados y aceptados en todos los momentos, buenos y malos.

Antonio Ríos Sarrió